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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Los aptos



Solo, lleno de paz interna, Soberbio Gómez no hacía más que observar la lenta, triste e inevitable caída de las hojas huérfanas del otoño. Parecían bailar al son de la dulce melodía del viento de la tarde, formando remolinos al descender. Oteaba también el constante movimiento de las aves y la mutación de colores en el horizonte a medida que la noche amenazaba con caer.

A pesar del frío que comenzaba a arreciar, el parque se encontraba vivo y animado. Los más pequeños disfrutaban de los juegos, mientras muchos otros caminaban por los cuidados y hermosos senderos entre los árboles, o se arrimaban a la comodidad de las bancas cercanas al centro de la plaza, donde se hallaba una enorme escultura de corte abstracto. Era, en fin, una tarde de domingo como tantas otras.

En la esquina nor-poniente estaba la entrada a la estación de metro. Dados el día y la hora, el flujo de pasajeros era casi nulo. Mas, a las 19:00 exactas, emergieron de la escalera cinco hombres vestidos de forma uniforme con ternos impecables. Eran altos, de figura atlética y cortes de pelo similares, y todos llevaban sobrios lentes oscuros. Cuatro de ellos, habiendo apenas salido de la estación, se situaron de forma rauda en las esquinas del parque. El quinto se ubicó en el centro. Tras quitarse la correa con la cual tenía asegurado un maletín a su muñeca, lo posó sobre una zona lisa de la estatua. Lo abrió y extrajo el dispositivo en su interior, colocándolo a un costado del maletín. Acto seguido, hizo una seña a sus colegas, quienes extrajeron del bolsillo interno de sus chaquetas unos artefactos pequeños que a la distancia parecían punteros láser. El sujeto del centro consultó su reloj, esperó unos segundos y dio la venia a los otros para que encendieran los artefactos. De manera instantánea todos los presentes en el parque se fueron de bruces contra el suelo. Todos, salvo los cinco sujetos y Soberbio Gómez.

Una vez que los hombres en las esquinas guardaron sus implementos, el tipo del centro procedió a guardar el dispositivo y colgarse el maletín en la muñeca. Luego caminó hacia un cuerpo que yacía tras una banca y llevó sus dedos al cuello del caído para cerciorarse que había muerto. Los demás se unieron a él junto a la escultura. Entonces, Soberbio se levantó de la banca y con caminar seguro se acercó a los hombres. Uno de ellos le extendió la diestra y le dijo:
- Bienvenido recluta Gómez.
- Gracias. Llámeme Soberbio.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Visita

Iba atrasado, como siempre. El metro no me ayudaba mucho, estaba detenido hace rato en la estación. Luego de unos minutos informan por los parlantes que hubo un accidente, por lo que el servicio quedará suspendido indefinidamente. Queda un cuarto de hora para que el horario de visitas termine.

Subo las escaleras a toda velocidad, y llego a la avenida principal. Recorro las cuadras como una gacela, esquivando gente y ciclistas. Entre tanta adrenalina no recuerdo bien el camino que tomé, pero al fin logro llegar al hospital. Mi cuerpo entra raudo al edificio, y vuela por los pasillos. Enfermeras y doctores me abren paso, como si supieran la urgencia que tengo por llegar a la habitación.

Me recuesto en la cama de al lado a la de ella. Mi madre no me mira, está dormida, tal cual la dejé hace dos semanas. Me incomodan un poco unos cables y tubos que hay en la cama, pero trato de ignorarlos.

Nunca había notado lo que sucedía en un hospital por las noches. El silencio de los pasillos solo es perturbado por los ruidos de las maquinas cardiacas y uno que otro paciente que entra por el ala de urgencias. Sin embargo estos ruidos me hacen imposible conciliar el sueño. Me quedo recostado y dejo mi mente volar. El tiempo parece haberse detenido.

Al cabo de unas horas, las luces del edificio se apagan y siento un estallido ensordecedor. Trato de levantarme, pero los cables me hacen difícil la tarea. Salgo al pasillo pero no veo a nadie, ni enfermeras ni doctores. Al fondo del pasillo, veo una sola luz. Trato de llegar a ella para averiguar a qué se debió tanto alboroto, pero está bloqueado por camillas y otros objetos que cayeron por el estruendo. A mi izquierda hay una luz de emergencia, pero está rota. Tiene los cables expuestos, pero la ampolleta al parecer sigue funcionando. Cuando tomo los cables para hacerla funcionar, siento una descarga electrica que me recorre de pies a cabeza. Abro los ojos, está todo muy brillante. Tras unos segundos logro enfocar, y lo primero que veo es la cara de un paramédico con un desfibrilador en sus manos. Balbuceo intentando saber qué es lo que está sucediendo. Él responde: Tranquilo, vamos camino al hospital, casi te perdemos allá abajo en la estación.

KOKE

lunes, 27 de septiembre de 2010

La obra maestra



A medianoche todos dormían. Todos menos él. Cuando el reloj de bolsillo, una antigua reliquia chapada en oro que ocultaba con celo en una chaqueta raída, marcaba las 00:01, salía a recorrer el pueblo. 

Disfrutaba la soledad de las calles, la vista de la luna que sólo miraba él, y la compañía de los perros sin dueños ni ley. Después de unos rodeos, pasando por fuera de la taberna y sus paredes y puertas de madera sólida, y la visita invariable al salón de billar por cuyas ventanas se divisaban las mesas cubiertas por plásticos rajados, terminaba sentándose al abrigo de un viejo sauce cuya edad nadie podía decir a ciencia cierta, ni siquiera los descendientes del patriarca que fundó el pueblo.

Una vez acomodado sacaba de su bolso una vela, una pequeña caja de fósforos, una pluma exquisita, y una gran libreta gris y polvorienta. Absorto y en silencio, sin reparar en el mundo y sus inconsecuencias, escribía durante horas hasta que la pluma cesaba de emanar tinta. Sólo entonces emprendía el camino de vuelta a casa, entrando justo cuando los pájaros comenzaban su canto y el alba empezaba a despuntar.

Una noche más oscura que de costumbre, su reloj marcó las 00:00 y de inmediato dejó de funcionar. Extrañado y enfurecido, emprendió un camino distinto y directo hacia su árbol. No prestó atención a los perros, sus únicos amigos, ni se detuvo ante la taberna ni el salón de billar. Se acomodó de manera rauda y ajetreada, extrajo los útiles de su bolsa, y comenzó a escribir de forma acelerada. Su pluma anotaba palabras a mil por hora, trazando una danza airada sobre los papeles que sangraban de inspiración. De pronto dejó caer la pluma, cerró los ojos y exclamó al viento y a la noche: "He terminado". Un segundo después, una bala certera dio de lleno con su frente, atravesando su cabeza de principio a fin.

Cuando a la mañana un viejo sabio, un hombre brillante y por todos reconocido, pasaba junto al sauce, encontró al hombre muerto y una libreta gris abierta en la primera página. Tomó la libreta y leyó su contenido de principio a fin, sin detenerse en momento alguno. Cuando acabó, asustado y con la cara desfigurada, tomó unas ramas y hojas secas, cubrió al hombre con ellas, posó la libreta sobre él, y con los fósforos del difunto prendió una hoguera que arrasó con el solitario hombre nocturno y su gran obra maestra. Acto seguido se quitó el cinturón, se lo amarró al cuello, trepó como pudo al árbol, y se colgó de una rama con altura suficiente, pues después de lo leído comprendió que ya no tenía sentido vivir.

martes, 17 de agosto de 2010

Hubo un tiempo



¿Por qué había de ser azul o gris? Siempre miraba al cielo con disgusto, pues el azul veraniego y el gris invernal le parecían incorrectos. Así que un buen día salió a la calle, alzó la vista, y eligió que entonces y para siempre el cielo sería amarillo. Y el cielo fue amarillo, sin importar el mes y estación del año.

Pero en verano el calor seguía torturándolo, mientras que en invierno el frío a veces se volvía insoportable. Después de un buen tiempo determinando la temperatura perfecta empíricamente, decidió entonces que todos los días el termómetro marcaría 18,7 grados. Y pasaron muchos años en que su vestimenta diaria no varió.

Fue de esta forma que cambió también el sabor del café, el olor de la humedad y la textura de las frazadas. Las naranjas ya no dieron jugo: se volvieron focos que alumbraban su hogar. La luz se volvió espesa y pudo saber, siempre y a ojos cerrados, si era de día o de noche.

Un buen día decidió que los víveres del almacén no tenían precio. Tomó unos cuantos del mostrador, los echó en una bolsa y se marchó. Al poco de caminar un agente policial lo detuvo. Al interrogarlo buscando las razones del absurdo atraco, explicó que las cosas que llevaba eran gratis. Tal convicción mostró, que fue derivado a un psicólogo especialista. Pero los intentos del experto por explicarle que no podía decidir cómo eran las cosas le parecieron tan fastidiosos que decidió que enmudeciera.

Fue a parar al calabozo, acusado de asestarle un golpe terrible a su terapeuta dejándolo mudo. Allí encontró a su compañero de celda, un asesino múltiple que con una sonrisa le prometió que su vida de preso sería un infierno. Entendiendo que el reo era un peligro, decidió que no debía vivir. Su compañero cayó desplomado, con un agujero atravesando su pecho del cual manaba sangre a chorros.

Fue condenado a muerte por apuñalar y dar muerte al homicida. Ya en el patíbulo, se enfrentó a sus verdugos, quienes le preguntaron si tenía unas últimas palabras que decir. Contestó que no le parecía correcto morir y que por lo tanto había decidido irse. Un segundo después desapareció en el aire.

La historia del loco desaparecido comenzó a circular con rapidez, pero con el tiempo se cuestionó la veracidad del relato y finalmente ya nadie lo recordó. Nunca más se apreció un cielo amarillo ni se pudo tocar la luz, y la libertad de los hombres se apagó para siempre.

martes, 10 de agosto de 2010

La espera


Todo comenzó un lunes. Después de almuerzo, cuando el mundo dormía la siesta, se asomó por la estación. Buscó una banca libre y fresca donde la sombra ayudara a llevar un poco mejor el calor. Después de sentarse extrajo de la mochila un libro que había comprado pocos días atrás en una feria. La historia era buena, pero no podía evitar mirar por sobre el libro cada una o dos páginas de lectura. Fumaba constantemente, dejando una pila de colillas y fósforos apagados en el cenicero herrumbroso y olvidado. Así se le fue la tarde, siempre esperando pero sin saber qué o a quién, hasta que con el caer de la noche se retiró.
El martes apareció un poco más tarde, cuando ya algunos volvían a sus trabajos. Siguió con su lectura, de la cual llevaba ya un tercio, elevando la mirada hacia el tren cada tres o cuatro páginas, y fumó unos cuantos cigarrillos hasta que el frío de la tarde lo hizo retirarse.
El miércoles ya nadie dormía cuando llegó. En la misma banca de siempre, echando una mirada esporádica cada vez que encendía un nuevo cigarrillo, se mantuvo imperturbable hasta caer en la cuenta que le quedaban sólo un poco más de cien páginas. Tomó sus cosas, miró otra vez, y se fue por el camino de siempre.
Así siguieron los otros días, llegando cada vez más tarde y leyendo menos, con miradas al tren menos frecuentes y una hora de retirada más temprano, pero siempre esperando.
Hasta que llegó el domingo. Sólo diez páginas lo separaban del final de la trama. Encendió un cigarrillo y leyó sin interrupción para expulsar la última bocanada de humo justo en el momento en que daba punto final a la historia. Se levantó en forma cansina, carente de esperanza volteó la mirada por última vez hacia el tren que se detenía, y al fin supo lo que estaba esperando. Pero la dicha e ilusión se le quebrantaron en un segundo al ver que tras de ella bajaba un hombre asiéndola de la mano. Al verlos besarse sonrió de forma demencial antes de huir para siempre de esa estación maldita.

viernes, 23 de julio de 2010

Atardecer



La puesta de sol despedía una confusa e imaginaria amalgama de colores mientras caminaba por la playa grande de Tongoy. Me gustaba salir a esa hora porque los veraneantes ya habían escapado a sus casas para refugiarse del frío marino que asomaba en las tardes. Ya llevaba más de una hora caminando y el frío quebrantaba mi espíritu andante, por lo que emprendí la vuelta. Busqué en mi bolsillo la cajetilla y saqué un cigarro. La brisa vespertina me jugó una mala pasada apagando el único fósforo que tenía.

- Terrible hábito el suyo joven, pero si quiere fuego aquí tiene.

Le agradecí y encendí el cigarro. Más que su repentina aparición me asombró su vestimenta. Llevaba una capa negra con una capucha que cubría su cráneo y la mitad de su cara, y en su diestra una larga y afilada guadaña.

- ¿Qué hace en esa pinta caminando por la playa?
- Voy a una fiesta.
- En ese caso, buen disfraz.
- Gracias. El único problema es que no sé cómo llegar.
- No se preocupe, dígame la dirección y yo lo encamino.
- Si mal no recuerdo, es en Gómez Carreño con Esmeralda. Ya sabe, a mi edad uno empieza a olvidar las cosas.
- Justo voy un par de cuadras más allá. No es muy lejos, si apuramos el paso llegamos en 5 minutos.
- ¿No le molesta entonces si camino con usted?
- Para nada.

Seguimos caminando en silencio. Un poco antes de llegar al muelle salimos de la arena y enfilamos por Condell. Dos cuadras derecho y luego a la izquierda por Esmeralda. Unos 20 metros antes de llegar a Gómez Carreño vimos que en la esquina se había juntado un grupo de jóvenes. Al acercarnos más me di cuenta que algunas mujeres lloraban mientras sus amigos gritaban con furia consignas de venganza. Entre 2 mujeres arrodilladas pude ver a un muchacho tirado en la calle, apenas apoyado en la cuneta. Tenía la cara sucia de sudor, tierra y sangre, y por su camisa teñida de rojo se podía adivinar la herida del puñal en el pecho.

- Hasta acá llego yo. Nos vemos pronto. Y trate de dejar ese hábito suyo, esa cosa lo puede matar.

No supe si el que reía era él o yo.

jueves, 1 de julio de 2010

Caída



Le miré directamente a los extintos ojos. Sus cuencas de fuego exhalaban ira en el reflejo. La cara rasgada sudaba sangre. El antiguo tatuaje, que alguna vez formó la figura de una bella mujer, ahora era sólo una mancha nebulosa entre los jirones de piel. Las manos, cubiertas por gruesos guantes de cuero negro, no eran más que el recuerdo de aquellas creadoras de perfección.
Del pecho nacía una deformación, fruto de huesos resquebrajados y vueltos a romper. Su torso desfigurado denunciaba mil penurias. Sus piernas conservaban la fuerza, mas el impulso no bastaba. Las alas sufrieron mil machetazos para volverse un triste y desmejorado retazo de una anacrónica maravilla. Ya nunca emprendería el vuelo.
Entonces, como siempre, se preguntó cómo sucedió. Recordó dolor y desesperanza, miseria y llanto. Recordó los tiempos en que todo lo conocido dejó de ser, para dar paso al horror. Ese maldito descubrimiento que impuso el fin. No quiso recordar más, sin saber que inevitablemente lo volvería a hacer.
Rompí el espejo. Uno de los heresiarcas de Uqbar alguna vez sentenció que los espejos son abominables porque multiplican el número de los hombres. Pienso distinto. Los aborrezco porque son efímeros.
A la distancia, un ser total suelta una lágrima.

miércoles, 30 de junio de 2010

Laberinto



Bajo la escalera a saltos. El sonido inconfundible que acompaña el destello sobre las puertas me indica que quedan sólo segundos. Alcanzo a entrar antes que cierren las puertas, y con ellas, mi destino.
Voy atrasado. El reloj marca las 11:37 y me esperan a las 12:15. No hay forma alguna de que llegue a tiempo. Ya han pasado tres estaciones y cinco minutos, mas ningún argumento para excusarme asoma por mi mente.
Las puertas están a un tris de cerrar cuando me golpea: “Ya lo sé, basta con que les diga que...”. No logro completar la idea cuando una aparición me estremece. Su piel es suave y morena. Sus manos, una danza sublime. Sus negros cabellos llegan justo a la perfección de su curvatura. Su cara es el llanto de los ángeles. Sus ojos contienen la vida.
Sigo embobado cuando llegamos a la cuarta estación. Se abren las puertas y, tras unos segundos de duda, la veo salir rauda. Nuevamente el pitido de costumbre y no vacilo en correr a su encuentro. Desde el andén alcanzo a divisar su figura volando escalera arriba. 
Tras el acoso subterráneo, salgo a la luz del día. Allí está, en la esquina, presta a cruzar. Me muevo a los tumbos entre los peatones hasta alcanzar la esquina y me lanzo a la calle. No doy más de cuatro o cinco pasos cuando un bocinazo tremendo y un alarido temeroso me indican que algo anda mal. Entonces siento el golpe brutal de la inmediatez.
Un guardia me despierta diciéndome que hemos llegado a la estación terminal. Me pregunta si me encuentro bien y me ofrece un pañuelo. Un hilo de sangre brota de mi frente. Me limpio, le agradezco, y tomo el tren de vuelta. Son las 12:07, el tiempo ha acabado. Las puertas del último vagón se cierran y el tren empieza su marcha cansina.
Cinco minutos y tres estaciones después, consulto el reloj. Marca las 11:37. Miro la puerta y la veo entrar. Comprendo que nunca llegaré.